* * *
ABSORTA
Entre las hojas un rumor de insectos.
Tú, pensativa, escuchas —apoyada
en el negro balcón de la ventana—
esa fuga que sube en los helechos.
Oyes al grillo, sientes a la araña
sobre su tela, sigues en el viento
a la noche... la noche es un revuelo
en la sombra. y tú escuchas su abundancia.
Desde la calle llega el estallido
de los autos, la fiebre en las palabras,
el desdén en el ruido de las cosas.
Pero sigues absorta en el bullicio
feroz de los helechos, alejada
y quieta en el tumulto de las hojas.* * *
CRUZAS LAS RODILLAS
Te desperezas y abres la ventana;
la luz está dormida y tú desnuda.
Afuera, el tiempo y todavía duda
entre la lentitud y la mañana.
Tiene el laurel una humedad oscura
y los alrededores de la casa
una velocidad que se retrasa.
La enredadera en el silencio dura.
Tu espalda con el aire se estremece;
te sientas en el borde de la cama,
cubres tus pechos, tocas tus mejillas.
Por ti el laurel, con intención, se mece
y en la flor de la mesa se derrama
una luz. Mientras, cruzas las rodillas.* * *
MAR
Tú estás allá,
en la otra silla.
Vives el mundo aparte
del lado opuesto de la mesa.
Tus miradas están allá,
tus voces son
pájaros que retornan
del mar de allá,
tus manos juegan
sobre la mesa
como incansables nómadas
en la extensión azul.
Yo escribo en Morse,
lanzo señales de humo,
pongo a la orilla de ese mar
una botella,
mando mis huestes
a conquistar
las santas tierras de allá,
prendo las brasas
del mismo sueño.
Pero tú sigues allá
en la otra silla.* * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * *
CARRO DE NOCHE
I
Por una selva espesa
ruda de lianas y húmeda de nubes
obstínase en perderse un carro de martirio.
Augusto en la tiniebla,
se hunden sus roderas en el limo del tiempo.
No suena otro horizonte
que el que forma el relámpago
y su textura acre de lamparón y cueva.
Autómata de palo o fórmula de viento,
avanza ensimismado el carro de la noche,
como galera antigua cargada de alimañas
que revuelven el heno
y ensangrientan las sombras.II
Va guiando la nave un hombre de armadura,
crustáceo de acero solo sensible al rayo.
En su cimera abre sus alas un murciélago
y el chasquido del látigo resuena en la manopla.
Nadie decir sabría de dónde viene el carro
ni a qué punto le lleva su conductor opaco.
Tal vez sabe que cruza el reino de la noche
y que al final lo aguardan las playas de la aurora
y un plácido plantal de flor antelucana.
Tal vez no sabe nada,
y su marcha es un círculo
como el que viera Dante perforando el alma.
Tal vez bajo el acero que cobija su cuerpo
no hay más que un soplo vano
que espera solamente el bautismo del rayo.
III
Suena un trueno que arroja
al caballero armado de su trono famélico.
Mientras cautivo se hunde en el lodo o marisma,
como un montón geométrico de chatarra y silencio,
otra armadura inane se planta en el pescante
y agarra firmemente la forma de la brida.
¡Salga ya de su sueño la nave extraviada!
¡Salga ya del abismo en círculo de soles!* * *
EL MAR
Un dios o una diosa
son seres demasiado humanos,
y gastados
por los fáciles fantasmas
que tejen sobre ausencias los poetas,
para nombrarte a ti,
espejo de ancho bronce
en que, sin saberlo,
siempre me he mirado,
y me he visto —en ti— en mí mismo,
como si fuera el sordo rumor
que hace brotar de los ensueños
tu secreto viviente o tu silencio.Sin embargo, tu solo nombre
tiene una intensidad tan grande
como no tiene para mí
ninguna otra palabra.
Es como si de tu armónico tesoro perdurable
surgiesen, resurgiesen en series infinitas
todos los vocablos,
se suspendieran, oscilantes, en los bordes de las olas,
y fueran los latidos enigmáticos
que surcan tu solemne frente pensativa.
[...]* * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * *
Naipes marcados
OÍDO A BORGES
Barnatán, Barnatán, quién pudiera llamarse Barnatán, porque Borges, Borges se llama cualquiera.* * *
HERACLITO PORTEÑO
Qué opio laburar siempre para el mismo tipo,
sin poder decir ni pío.* * *
LEÍDO EN HORACIO, ODAS LIBRO III,30
Non omnis moriar
(No moriré del todo)* * *
COPIA
Es un secreto a voces que La Gioconda que veneran los japoneses en el Museo del Louvre es una mera copia del cuadro pintado por Leonardo, y que la verdadera tela está colgada en permanente soledad en una sala del Museo del Prado.
* * *GEIGER
Caspar August nació el 28 de agosto de 1847.En las enciclopedias aparece como pintor de historia. Pintó en Munich y en Venecia. Una escena neoclásica cruzó el Atlántico. Mi padre la colgó en sus casas de Buenos Aires y Madrid. He limpiado la tela para que el genereso desnudo de esa mujer esplenda.* * *
TARIFA
Para Goya las manos eran lo más engorroso. Por eso tenía dos tarifas: el retrato sin manos era más barato.* * *
EPÍLOGO
Las primeras anotaciones de este libro están extraídas de mis agendas de la década de los ochenta, recuperadas por diferentes razones. Unas eran pequeños fragmentos de mi autobiografía, otras notas de lectura, frases oídas o pequeños poemas que se parecían a un aforismo sin serlo.
Poco a poco fue creciendo un libro singular, diferente a todos los míos y quizá distinto a la manera de hacer poesía acostumbrada, el libro lo titulé “El techo del Templo”, y una de sus versiones se publicó en la ciudad argentina de Córdoba en el año 2003 gracias a la hospitalidad de Juan Carlos Maldonado., director de Alción Editores.
Ese pequeño volumen no se distribuyó en España, salvo los ejemplares que hice llegar a algunos amigos, pero tuvo su continuación después en un cuaderno que titulé “Naipes marcados”. Bajo ese nombre se publican aquí los dos.
La experiencia parece surgir de la investigación de lo desconocido hasta que se nos torna familiar, la primera regla del juego que nos recomendó Desmond Morris en su “The Naked Ape”, y es una forma de expresar nuestra reacción ante la vida. No sé si en el futuro volveré a esta fórmula bizarra, pero en ella han cristalizado estas pulsiones poéticas, y en ellas me reconozco.
M.R.B.
Madrid, abril de 2010.* * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * *
Partir, digo
VERANO Y CUERVOS
Estos pájaros de aquí
que los llamen como los llamen
son cuervos
se me deslizan de través por la garganta
soy la última elefanta herida
replegada en el doblez más tenaz de la memoria
no hay perfumes que me dispersen
telegramas
apretones de manos
ni pañuelos con lágrimas de despedida
sola, la lamparilla encendida
de un túnel cualquiera de la muerte
muerte sin cirios ni huérfanos
sin frases necrológicas
sólo mera rutina de gusanos
estoy
con los parentesis caídos
jugando el tiempo de descuento
* * *
MARES
I
Cuando lo conocí hace veinticinco años, el mar quedaba frente al casino de Mar del Plata; las olas y yo éramos altas, rumorosas y espantadizas y los vulgarísimos leones de piedra de la rambla presenciaban con los piropos el comienzo del juego continuo de acosado acosador.
En la otra ribera también había un casino llamado de Carrasco; las aguas eran más azuladas y calmas y los caracoles recontaban historias para las colegialas que se dejaban amedrentar por los libros, los besuqueos y las religiones. Generosa, la Cruz del Sur se hacía cargo de las fantasías concebidas durante las largas horas de dormitar al sol: quiero decir, el encuentro maravilloso que volcaría definitivamente el fiel de la balanza hacia la exaltación y la felicidad.
Después vino el largo merodeo por los Andes hasta Guarujá, la descubierta, que mi memoria empecinada ubica en sitial de soberbio privilegio recordando en las arenas la presencia que compartió con mis ojos la vastedad de esa playa donde por entonces yo amaba a Iemanjá, diosa del mar el dos de febrero, amaba a mi hombre entre los nombres, amaba la sábana blanquísima del horizonte abierta a la sola urgencia de tenernos, detrás del sudor y los tambores del umbanda, las caipirinhas, las maconhas, las riñas y margherite duras que no había visto nada en hiroshima, y tus ojos enrojecidos de ira temprana de desesperación de hambre y de pobreza, tus ojos de apoyar la ternura del mundo sobre mi hombro.
oh riberas del atlántico, fósiles vivos en mi lengua
y en mi sangre
cuánto, cuánto os amo todavía!
II
Enfrente, la mano tendida hacia donde vos ya no me veías pero yo te recupero, estaba el castillo de San jerónimo.
-Adiós, adiós-, querrá decir para siempre, lugar donde me parieron, estuario mío donde crecí los anhelos más violentos y las más dulces torpezas?
Puerto, puerto de los Buenos Aires que me desandaste, mi mano crece en el abrazo de largas corrientes cálidas y nutricias, y te tengo dentro y es lo bueno; mientras el castillo de piedras relucientes se queda en las postales y me resbalo ya al Mare nostrum que piso de la mano del andaluz fascinado por la tela de araña de mi insolencia y todo el ron del cielo fermentado de confusión y de deseo hasta que tuve que seguir adelante y él se quedó batiendo palmas por soledades, un modo desdeñoso y arrogante de recordarme, de ignorarme.
Y vino el mar de Efeso, con cabras, pastores, estatuillas, Heráclito y vos, cada vez más lejos de mi río, de mis ocasos, tormentas y miserias.
Y la iluminación del Tiberíades, las piedras de la sed, las capricornianas piedras de los cristos y la demencia, pero ya el cáliz estaba roto y los anillos sumergidos en las proas dormidas donde anidan los minotauros y atlantes del silencio que jamás devolverán la sortija que nunca nos pusimos pero que seguí buscando por las fabulosas playas de los tirrenos y los jonios y también en la estela de gaviotas que persigue a las almas de los marineros que no pagaron las putas en el Cabo de Buena Esperanza donde el mar se estremecía hasta la entraña para que yo viera desde el fondo que no se juega con fuego.
Ahora, en tanto divago por los mares de los piratas, los hexagramas mutantes en el lomo de las tortugas, las bailarinas javanesas de uñas elípticas para rascarle el cuello a dragones somnolientos de dulce vino de palma; o por este mar de Japón negro, rocoso, turbio, sólo testimonio de la soledad en que evoco los mares de mi tránsito, la mañana del nueve de agosto de mil novecientos setenta y nueve en la que mi cachorro Tango y yo, a mis cuarenta años y en el uso tal cual tengo de mis facultades hasta hoy, saludamos las aguas, conmovidos.